El Quicio: ¿Y cómo aprendimos a vivir en casas sin solar?

Aunque no creo en aquella sentencia casi apocalíptica de que “todo tiempo pasado fue mejor”, la verdad es que si recuerdo con nostalgia aquel solar de la casa amarilla, en donde mi hermana, mis ocho primos (faltaban aún nueve por nacer) y yo, corríamos, comíamos maticas de limón y sacábamos las lombrices para las pesquerías de mi abuelito. Y cuando ya nos dejaron juntar con los vecinos, entonces ya no éramos diez, sino hasta quince “chinches” corriendo por nuestro solar y el de las vecinas. Y cuando ya no nos aguantaban en ninguno, salíamos a jugar a la calle, que no era peligrosa porque pasaban muy pocos carros.

A riesgo de parecer conservadora, no puedo negar que también extraño esas casotas de corredores infinitos, una cocina donde cabía toda la familia, la sala y el comedor separados, que cuando no había solar, tenian dos patios, uno para secar la ropa y otro para las matas.

Se podría decir, con una lógica ingenua, que esas casotas eran necesarias para esos familiones de antes, y que como ya no somos tantos cabemos en menos metros cuadrados. Siguiendo con esta lógica hago la siguiente cronología: en mi primera infancia aprendí que no estaba sola en el mundo, al compartir con mi hermana del medio (porque aun no nacía la chiquita) y mis ocho primos en el solar de la abuela. En los años siguientes, hasta la adolescencia, descubrí que existía más mundo después del solar y conocí a mis vecinos más próximos y mi barrio jugando por esas calles que no se acababan en la última casa del barrio, a pesar de los regaños, y continuamos hacia barrios vecinos, en donde encontramos tantos amigos y conciencia de nuestro entorno, como grande es Sabaneta. Para mí todo esto se dio porque existían espacios donde eran posibles esos encuentros.

Entonces, dejando de lado las añoranzas y un poco la lógica ingenua, para nadie es un secreto que en Sabaneta nos hemos venido quedando sin espacio público, sin solar, que cada vez somos más, que muy poco hemos pensado en esos espacios seguros donde todos quepamos y sea posible que los ciudadanos nos encontremos como antes, para conocernos y construir ciudad desde la identidad, aspecto en el que da ejemplo nuestro vecino, Medellín, que inaugura Parques Biblioteca, ciclo-rutas y paseos peatonales, que sobre todo son Espacio Público.

Ya los sabaneteños y sabaneteñas sabemos que 44 mil propios y otros miles de visitantes no cabemos en el Parque Simón Bolivar, y que si los que saben de planeación urbana han dicho que una ciudad sostenible debería contar con al menos 15 m2 de espacio público por persona, ¿Cómo es posible que nos conformemos con los 2 m2 que actualmente cada uno tiene? ¿Cómo haremos para conseguir los 13m2 restantes que de verdad nos pondrían a la altura de una ciudad cosmopolita como pretenden que sea Sabaneta?

Y si bien yo no tengo hijos, cuando pienso en quienes si los tienen, me asalta la pregunta, casi una angustia de ¿Cómo harán para vivir sin solar? Porque con mi lógica ingenua creo que lo único que compensaría la falta de solar de nuestras casas y las calles llenas de carros, sería un solar municipal.

Ya es hora de pensar en serio cómo es ese solar municipal que necesitamos. Sabaneteños y sabaneteñas merecemos espacios públicos donde todas y todos, con plata o sin plata en el bolsillo podamos compartir y construir esa ciudad intangible, esa identidad municipal, esa cultura ciudadana que nos soñamos.

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